Las Provincias

La batalla de Teruel

Antonio Rivera - 20 Ene 2012 - 16:12

Hoy, 18 de julio de 2011, se cumplen 75 años del comienzo de la Guerra Civil española. No cabe duda de que este blog no es el lugar indicado para analizar una de las páginas más tristes de nuestra historia, pero me van a permitir hoy, aprovechando la efeméride, comentar algunos aspectos de la guerra relacionados con la meteorología.

La relación existente entre las condiciones meteorológicas y el devenir de las batallas ha sido muchas veces estudiado. Es evidente que el tiempo reinante durante una determinada contienda tiene su influencia, y en algunos casos, ha llegado a condicionar decisivamente el resultado final de la misma. Tiempo habrá en otro momento para hablar de algunos de los casos más espectaculares al respecto, pero vayan por delante algunas referencias históricas como las campañas de Napoleón en Rusia, donde el frío extremo mermó las tropas napoleónicas frenando de esta forma su imparable proceso expansionista; o la batalla de Stalingrado, clave para el devenir de la Segunda Guerra Mundial y donde de nuevo el General Invierno se alió con los rusos; o las tristemente célebres derrotas de nuestras tropas navieras en Trafalgar y en el episodio de la Armada Invencible, donde diferentes temporales se aliaron con los enemigos para acabar con nuestras tropas.

Dentro de la Guerra Civil española, destaca por la gran influencia que la meteorología tuvo, la denominada Batalla de Teruel. Durante el invierno de 1937-38 en la ciudad de Teruel y sus alrededores tuvo lugar una de las mayores batallas de toda la guerra Civil española, que pasaría a la historia como la desarrollada en condiciones meteorológicas más extremas.

La zona de Teruel es, sin duda, una de las más frías de España. Famoso es en esa zona el denominado triángulo del frío, formado por el triángulo imaginario que forman las ciudades de Teruel, Molina de Aragón y Calamocha, donde no es raro que casi todos los inviernos se alcancen temperaturas por debajo de los 15ºC. Su altitud, unido a su disposición geográfica (se trata de una paramera rodeada de grandes montañas que favorecen que el frío se retenga en esa zona) provoca que en determinadas condiciones, como noches despejadas con nieve en el suelo, los termómetros se desplomen hasta registros espectaculares. Los 30ºC bajo cero que se alcanzaron en las proximidades de Calamocha el 17 de diciembre de 1963, los 28ºC bajo cero que se alcanzaron ese mismo día en Molina de Aragón y en Monreal del Campo, o los más recientes 19ºC bajo cero del 26 de diciembre de 2001,  son buenos ejemplos del poder helador de esta zona tan distante del arquetipo de Sol y calor que en Europa se tiene de nuestro clima.

Durante las navidades de 1937-38, una importante ola de frío afectó a nuestro país. Una masa de aire Siberiana llegó hasta nuestra península impulsada por un cinturón de potentes anticiclones que se extendía desde las Islas británicas hasta el norte de Rusia, mientras que una borrasca en el Mediterráneo ayudaba por una parte a canalizar este aire frío hasta nuestras Península, a la vez que aumentaba la inestabilidad, provocando de esta forma nevadas abundantes y fríos extremos.

Es una pena que no tengamos datos exactos de las condiciones meteorológicas que se vivieron durante la batalla, debido sobre todo a las lagunas existentes en las series meteorológicas durante los años de la guerra Civil. Aún así, podemos hacernos una idea a partir de las crónicas emitidas por el ejército y por los testimonios, algunos ciertamente aterradores, de los soldados que tuvieron que luchas no sólo con el enemigo, sino también contra el frío, el hielo, la ventisca y la nieve. Según los partes meteorológicos del ejército, las tropas soportaron temperaturas que oscilaban entre los seis y los veinte bajo cero, lo que provocó que las bajas por congelaciones fueran muy importantes. Para que se hagan una idea, de las 54.000 bajas sufridas por los nacionalistas en la batalla de Teruel, más de 18.000 fueron debidas a las congelaciones; mientras que en el bando republicano, del total de 60.000 bajas sufridas, alrededor de un tercio no fueron provocadas por las balas, sino por el frío.

La mayoría de problemas relacionados con las congelaciones se producían en los pies, hasta el punto que en algunos círculos se ha llegado a hablar de “los pies de Teruel” para referirse a las consecuencias de esta Batalla. El frío forma cristales con parte del agua estructural de las células, lo que supone un aumento de la concentración de sales en el resto del agua y, como consecuencia, la desnaturalización de las proteínas. Además, la alteración sobre las células endoteliales provoca un aumento de la permeabilidad capilar con trasudación y agregación de los hematíes que, en último término, desencadena la oclusión de la luz vascular y la consiguiente isquemia.

Los soldados hablan de frío atroz, de orejas congeladas a pesar de los pasamontañas, de la tortura que suponían las guardias, de como utilizaban periódicos y papeles para pegarselos al cuerpo intentando aislarse del frío, de como tenía más valor una manta que un fusil, y de como, por ejemplo, muchos de ellos se ponían de pie en las trincheras deseando ser heridos por el fuego enemigo para acabar de esa forma con el sufrimiento que les suponía las temperaturas gélidas reinantes.

Otras batallas dentro de la Guerra Civil española también estuvieron marcadas por unas condiciones meteorológicas adversas, aunque en este caso por el tremendo calor que se vivió en la batalla de Brunete o en la del Ebro.

En todos estos casos, no sabemos si las condiciones meteorológicas fueron determinantes en que la balanza se inclinara hacia un lado u otro, pero lo que sí que sabemos es que las bajas producidas durante la batalla por causa del frío o del calor fueron tremendas, así como los testimonios de aquellos que tuvieron que soportarlas en persona.

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