A la espera de la gran tormenta solar

Antonio Rivera - 20 Ene 2012 - 16:11

Desde que el pasado 15 de febrero se detectara la mayor erupción solar de los últimos años, un tema que inquieta a los científicos desde hace décadas ha vuelto a la actualidad: ¿Es posible que nuestra civilización esté amenazada por la actividad solar?

En la actualidad sabemos muchas cosas sobre nuestra estrella, y cada vez más gracias a los estudios y observaciones que constantemente se realizan, pero desgraciadamente aún hay muchas cosas que desconocemos de ella. Sabemos que el sol es una estrella de tamaño más bien normal, que actúa como una gran central termonuclear en la que continuamente átomos de hidrógeno se fusionan para formar átomos de helio en un proceso en el que se emite una cantidad ingente de energía cada segundo. Sabemos también que la actividad solar no es ni mucho menos constante, sino que está sujeta a una serie de ciclos. El más conocido de ellos es el de 11 años (aproximadamente), durante el cual nuestra estrella pasa por un periodo de actividad, con manchas solares en su superficie, a un periodo de poca actividad en el que su superficie se muestra libre de estas manchas, para volver de nuevo a la actividad.

Durante los periodos de gran actividad, como el que en estos momentos está comenzando, el sol emite, además de más energía, más viento solar, que no es ni más ni menos que materia compuesta por protones, electrones y núcleos de helio. En ocasiones, la estructura del campo magnético en la corona del sol se ve perturbada, ocasionando que se inyecten en pocas horas grandes cantidades de materia. Esto es lo que se conoce como eyecciones coronales de masa. Estas partículas que emite el sol se encuentran totalmente ionizadas, formando lo que se conoce como plasma. Este plasma viaja a unas velocidades de unos 900Km/seg, alcanzando por tanto la atmósfera terrestre en unas 36 horas.

Si estas partículas llegasen a la superficie terrestre, y en especial a los seres vivos que la pueblan, podrían producir consecuencia dramáticas...pero por suerte, el campo magnético terrestre nos ofrece una pantalla de protección frente a estas partículas. Por tanto, en muchas ocasiones, las únicas consecuencias que tienen estas tormentas solares son ese espectáculo visual que son las auroras polares...

Pero, como hemos dicho al principio todavía desconocemos muchas cosas sobre el sol, y no sabemos si tras esos ciclos de 11 años existen otros ciclos más largos, en los cuales por ejemplo esas tormentas sean más intensas.... El ciclo que recientemente acaba de comenzar parece que será muy intenso, al menos es lo que indican los científicos, y que bien podrían producirse tormentas solares de gran intensidad, lo que podría causas graves problemas a los satélites artificiales, a las redes eléctricas y a las comunicaciones por radio y televisión.

En el año 1859 se produjo la mayor tormenta solar de las que tenemos registros, un fenómeno que ha pasado a la historia con el nombre de la fulguración de Carrington. Su intensidad fue tal que llegaron a verse auroras boreales en el caribe. En aquel momento, nuestra sociedad estaba lejos de la tecnificación de la actual, y por tanto sus consecuencias no fueron muy grandes, aunque bien es cierto que provocó el fallo los sistemas de telégrafo en toda Europa y América del Norte.

Imaginen lo que puede ocasionar una tormenta solar así en la actualidad, en una sociedad en la que dependemos cada vez más, al menos en los países industrializados, de los componentes eléctricos e informáticos. Según un análisis de la NASA, ese plasma que emitiría el sol sería capaz de freir literalmente toda nuestra red eléctrica, dejándonos sin luz a la mayor parte de la humanidad. Una situación que no sería pasajera, ya que los trasformadores quemados no se pueden reparar, solo sustituirlos por otros nuevos...y no tenemos suficientes de reserva.

Vivir sin luz sería muy difícil en una sociedad como la nuestra, totalmente dependiente de ella: nos quedaríamos sin agua a las pocas horas debido a que no funcionarían las bombas para trasportar el agua; los hospitales sólo aguantarían unas 72 horas gracias a los generadores; dejarían de poderse utilizar los trenes y metros, con lo que pronto fallaría el sistema de trasporte de mercancías; fallarían los oleoductos de gas natural y combustible, que necesitan energía eléctrica para funcionar; las centrales de carbón tendrían que parar cuando acabaran con sus reservas, ya que al estar paralizado el trasporte no podrían recibir más combustible; las centrales nucleares se desconectarían automáticamente ya que están programadas para que lo hagan en caso de fallo grave en las redes eléctricas...No me digan que no parece el guión de una película de serie B sobre catástrofes....

Para no ser tan catastrofistas vamos a intentar terminar con dos datos positivos: según el estudio de los registros de hielo de la Antártida, el episodio conocido como fulguración Carrington ha sido el único de tal intensidad en por lo menos 500 años...con lo que quizás aún falte mucho para que suceda algo similar. Podemos decir por tanto que la gran tormenta seguro que se producirá, aunque no sabemos cuándo. Por otra parte, si somos capaces de detectar a tiempo esa gran tormenta (recordemos que tardaría en llegar a la Tierra unas 30 horas, las compañías eléctricas podrían tomar precauciones, como ajustar voltajes y cargas en las redes, o restringir las transferencias de energía para evitar fallos en cascada. Pero para esto último tenemos que estar preparados, tener los gobiernos un plan de actuación preparado para una emergencia de este tipo, y es algo que todos tenemos que reclamar porque las consecuencias podrían ser realmente catastróficas.

Esperemos pues que en los próximos años no tengamos que hablar de esta catástrofe natural, una catástrofe por cierto que sería mucho más devastadora en el mundo desarrollado que en el tercer mundo, en contra de lo que suele ocurrir. Quizás ese día nos daríamos cuenta que la tecnología puede volverse en nuestra contra.

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